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Mis Hilos

Cada vez que movía los brazos hacia arriba los veía, siempre supe de su existencia, pero me negaba a reconocerlo. Ese acto inconsciente con el tiempo fue desvaneciéndose, y me comenzó a rondar en la cabeza la idea de aceptar algunas cosas. Sin duda era la madurez que se ponía sólida sobre mí, aplastante, pesada e inmóvil, ganando terreno rápidamente sobre la otra parte, la inmadura, soñadora, fresca e irracional.

            Recuerdo perfectamente ese día, cuando los vi tan claramente, no necesité de espejos para rectificar su presencia, ellos estaban allí anudados en mi y aunque intenté desatarlos o desarmarlos de todas las maneras, no los podía desligar. Los comencé a llamar “mis hilos” aunque nunca supe si eran míos o solo parte de mí.

            Me negaba a crecer, a madurar, a reconocerlos, los llamaba “mis hilos” pero no los aceptaba y no me acostumbraba; insistentemente buscaba objetos filosos, tijeras, cuchillos, serruchos, cualquier cosa que pudiese cortarlos. Pero nada daba resultado.

            Los hilos me manejaban, me controlaban, lo hacían todo por mí. Pensaban por mí, resolvían por mí. Yo era ya una mujer y un títere mas, ya no tenía que pensar en lo que estaba bien o estaba mal, ahora era parte de la sociedad y las ideas quedarían para los ideólogos o los titiriteros. No mas cuestionamiento, no mas reflexión. Solo quedaba buscar el lugar correcto, o una vacante en los etiquetados lugares para rellenar.

            No recuerdo exactamente las opciones, pero sí que podía ser una mamá ejemplar con parto doloroso; empresaria liberal con una vida sexual patética; artista pobre con problemas de relacionamiento, y cosas así, de ese estilo. En ninguna me sentía “en mi salsa” pero estaba claro que no había opciones, entonces, quizás, sin rendirme del todo, bajé los brazos. No vi mas a “mis hilos” y jugué el juego de ser parte de la sociedad, un ser sociable, una mujer femenina, una persona decente, un ejemplo ejemplar.

            Dejé que todo fuera como tenía que ser, dejé que la historia se contara como se tenía que contar. No me atreví a soñar, solo a mirar de vez en cuando con rencor a aquellos seres gigantes y monumentales que movían mis hilos sin distracción, continuamente, todo el tiempo, todos los días.

            Dejé de ser yo, y seguí; mi vestimenta tenía glamur y los hilos quedaban disimulados entre tanto brillo. Pasé mis días, algunas décadas, casi sin notarlo siquiera. Me “atitirité” a mas no poder y cuando por fin todo estaba donde tenía que estar, el estable piso se movió. Sí, fue el aquel terremoto del norte que llegó al sur, fue aquel anuncio meteorológico el que lo desencadenó. Yo no entraba en las estructuras y “mis hilos” se romperían en mil pedazos, solos, sin ni siquiera intentar arrancarlos.

            Me costó bastante llevar mis brazos ligeros; sin tanto peso. En realidad me sentía bastante perdida, aunque me debería sentir libre. Ser libre no era liviano.

            Los primeros días sin hilos mi cuerpo no se acostumbraba, las náuseas eran enormes y constantes, pero luego empecé a creer en la libertad. De a poco me encontré respirando el aire fresco del mar y soñando con un mundo mejor.

            Sentía por primera vez que lo podía cambiar todo, que creer en algo y poner en ello todas mis fuerzas lograba acercarme a mis metas con brutal velocidad.

            Ahora comenzaba a entender esa frase de Eduardo Galeano: “Al fin y al cabo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, y si, ahora era libre y quizá mañana buscara atarme a algo, sin dudas me empezaba a dar cuenta del significado de los cambios, y la intriga de no saber jamás lo que voy a ser como persona.

            Tras todas esas reflexiones decidí guardar en una caja los hilos, en una transparente y a la vista, donde pudiese ver varias veces al día lo que fui, y así pensar en lo que soy y seguir intrigándome en lo que seré.

            Mirando cada letra que escribía, descubrí que mis viajes en sueños a través del tiempo eran, nada mas, ni nada menos, que la fuerte necesidad de saber que en mi vida haría “todo bien” y una especie de auto convencimiento de que de mis errores al fin había aprendido.

            Es difícil existir, es difícil preguntarse y continuar… podía tomármelo todo como una terapia, como que es bueno pensar sobre cada paso que uno da. Pero cuando mi otra voz me dice: “Solo vive, déjate llevar” le doy la razón, y la entiendo…

            Y acá estoy, como tú, pensando y preguntándome. Concluyendo ideas inconclusas. Diciéndoles a quienes me critican: - no es necesario, con mi autocrítica ya basta.-  Tratando de mejorar, de no solo crear preguntas, sino también encontrar respuestas.

            Hoy hace mas de un año que “mis hilos” se rompieron, y cada tanto extraño ese lugar que mis titiriteros me había reservado en la sociedad. Es que antes de dormir, cada noche solo viene a mi cabeza la idea de que “no es fácil encontrar un lugar” y casi sin pensarlo retomo mi tejido y voy puntada a puntada creando mis verdaderos hilos. Esos que algún día, por fin, me aten a ser lo que soy.

Manuela FleitasSafe Creative #0811081260845

Retratos de pareja.

 

En una ciudad muy ruidosa vivía Julián, en el medio del caos y del veneno que emanaban los edificios y calles, hallaba equilibrio en su oscuro sótano solitario, donde por las noches pasaba revelando los rollos fotografiados en el día y también algún que otro misterio que en la vida iba encontrando. Con su característica obsesión por los detalles hacía de su trabajo un desafío diario, el silencio lo inspiraba, la oscuridad le daba talento, una mujer le proporcionaba amor, la vida le proveía imágenes.

El fotógrafo, como le gustaba que lo llamasen, salía temprano diariamente a buscar aquello que otros no veían comúnmente y así con su óptico se ganaba la vida. No era fácil ser artista, convertir lo corriente en bello llevaba su tiempo, y era así que con su calma pasaba largo rato mirando algún objeto. Rutinariamente despedía a su esposa y caminaba las mismas calles de todos los días, hasta llegar a su punto de partida, una gran plaza donde él siempre decidía a donde ir.

Sus viajes de trabajo no eran necesariamente muy lejos, podía ser un parque, alguna montaña, el mar, una feria, o lo que surgiese ese día, pero siempre lograban ser productivos y luego de las capturas, lucirse en alguna exótica exposición.

Maite, su esposa, no era fanática de la fotografía pero lo apoyaba continuamente, muchas noches le alcanzaba una cerveza o un calentito café, según como lo viese, cuidándolo mas allá de cada foto, y a pesar de que ella siempre estaba en segundo lugar. Julián no solía reconocerle la ayuda explícitamente, él prefería hablar con caricias, o besos. Aquella mujer era muy importante en su vida, y aunque no le daba todo lo que necesitaba para sentirse completo, era suficiente.

Juntos llevaban una vida divertida, compartían sus actividades, amistades, y cenas; prácticamente se complementaban en todo, pero con el correr del tiempo sus proyectos y sueños recorrían caminos separados, cada vez mas separados. Y a pesar de que el amor no cambió en lo mas mínimo desde aquella mañana en donde se conocieron caminado por la playa, Julián tastabilló y se dejó enamorar por otra mujer.

Su otro amor lo mantuvo muy secreto, en realidad yo lo supe un día que débil de corazón necesitó confesármelo en un bar, ella, su amante, era la otra mitad, todo lo que le había faltado durante varios años, pero Maite, también era su amor, y así era que Julián vivía con dos amores, sintiéndose completo pero a su vez muy confundido. Nunca me contó el nombre de esa persona que lo había perfeccionado, es mas, aquella mujer apenas lo intuía, Julián era infiel solamente porque su imaginación la desnudaba a cada instante.

Con todo este enredo emocional, y la flojera de las copas, me abrazó y lloró pidiéndome consuelo, pidiéndome consejos. Yo nunca fui buena para los consejos, o en todo caso, cuando los di siempre aclaré que solo se trataba de lo que yo haría en una situación así; como una especie de acto legal que me desvinculase de toda responsabilidad, bebí ahora yo una copa y le planteé mi mas alocada solución:

-         “Vive veinte años con Maite, y luego dejas tú últimos otros veinte para este segundo amor.

El me miró sorprendido; mi “consejo” no era lo que él hubiese querido escuchar, pero lo pensó, se cuestionó inclusive hasta su futuro y pensó si realmente viviría tanto tiempo más. Le dio mil vueltas al asunto, y acorralado entre sus propios sentimientos empezó a acostumbrare a esa difícil idea, pues aunque un amigo le había recomendado una “doble vida” el esa recomendación no la podía llevar a cabo, no era ese tipo de persona.

Así que Julián de a poco intentó acostumbrar su corazón a esta forma de sentir un tanto extraña. Diariamente veía a su segunda mitad, pues acostumbraba frecuentar los mismos sitios en busca de imágenes. Algunos días trabajaban en equipo, otros solo se acompañaban, pero con los meses Julián no podía dejar de vivir por ella, todo lo que hacía era pensarla y en sus fotografías se comenzaba a notar cada vez mas ese sentimiento.

Pasó bastante tiempo antes de que hiciese su última exposición fotográfica, como de costumbre, Julián me invitó, y yo fanática de sus fotos acepté sin pensarlo. Recuerdo que en el momento que entré al salón un escalofrío recorrió mi espalda, es que solo de mirar tantos retratos de una misma mujer tomados desde una perspectiva tan clara, sabía lo que allí sucedía, sabía de que mujer se trataba. Y eso fue exactamente lo que sintió Maite, entendió claramente todo en las imágenes.

En segundos Maite se encontraba totalmente desahuciada, con el corazón destrozado, corrió a su casa, sola, con la esperanza de entender lo que pasaba. Entre lágrimas y rabia tiró todas las cosas que encontró en su paso, destruyó el retrato de la boda haciéndolo estrellar contra la pared y tras unos momentos, el fotógrafo abrió la puerta con la intención de desesperadamente explicar.

Él pensó que su esposa le pediría explicaciones, el quería que le gritase a la cara todo lo que sentía, pero Julián no adivinó.

Con un calibre treintaiocho apuntó a su frente y dio tres disparos, luego con el revólver dentro de su boca, Maite apretó el gatillo por última vez en la noche. Entre el río de sangre terminó el problema, nadie sería ni feliz, ni infeliz pues ya no había ninguna historia que contar.

Manuela FleitasSafe Creative #0811081260869