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CONCIERTO PARA VIOLÍN EN RE MAYOR

CONCIERTO PARA VIOLÍN EN RE MAYOR

El violín sonaba en soledad, sin necesitar aderezos musicales, Naomi un joven japonesa se había pasado su corta vida siguiendo el encanto que este instrumento le brindaba, y tras eternidades de ensayos llegaba la noche de su primer espectáculo. Su corazón salía de su cuerpo, la joven de cara pálida no podía evitar sentir los nervios en esa noche tan esperada. Llegó al anfiteatro sola, allí la esperaba su eterno maestro musical, Naomi no tenía mas familia que él, pues sus padres alguna vez la habían abandonado.

Faltaban pocas horas para el inicio de esa noche anhelada, Hirokazu su maestro, no intentaba calmarla, él sabía que debía sentir nervios y como de costumbre no contempló ninguna de sus necesidades. Ella caminó horas, por detrás del escenario, su vestido rojo intenso en combinación con sus labios, se arrugó por partes, faltaba casi nada para salir a escena, bebió un vaso de agua fresca y dejó de pensar, su mano debía calmarse para hacer sonar su violín como nunca.

Abrió el estuche, y miró a su italiano Stradivarius, ese violín que era lo mas importante en su vida, con el cual había sido abandonada a pocos días de nacer. Deslizó sobre él suaves terciopelos de oriente y lo contempló algún rato más. Naomi, dedicaba mas de diez horas diarias a su música, pero por esas cosas de la vida, siempre lo supo hacer sonar, entre ellos dos existía algo especial.

Hirokazu le anunció la entrada al escenario, así pues, ella arregló un poco su vestido, tragó saliva y salió. El anfiteatro estaba repleto, la noche estrellada brillaba sobre sus pupilas dilatadas, en poco segundos comenzó a sonar. Aquellas melodías penetraban vibrantes los oídos de los espectadores, que alucinados se dejaban encantar.
El arco y su brazo expresaban danzas increíbles, y mientras más lo tocaba, los sonidos proporcionaban el amor mutuo que sentían. La concentración era total, pero Naomi por momentos no quitó la mirada de un rostro que a diez metros la observaba, no era el único rostro, pero si el único que ella notaba. Jamás había prestado atención en un hombre, pero ahora con diecinueve años, una fuerte ilusión la penetraba. Mientras sonaba su violín le brindó una sonrisa, la única que le daría mientras durase la función. Continuó tocando y llegando al final entre aplausos y ovaciones, se sintió satisfecha y volvió a su camarín.

Naomi se sentó a beber  agua, volteo su rostro y reparo en unas hermosas fresias color amarillo que posaban junto a la puerta, junto a ellas una pequeña nota con aroma especial, ella temblorosa la leyó, y sintió recorrer por su cuerpo esas simples pero hermosas palabras. “Soy quién te miró sin pestañear toda la noche, ahora entiendo el porqué de mi existencia. Estaré en el bar del anfiteatro esperándote…”. Naomi sabía quién era la persona que envió las flores, sabía que quien la esperaba era su espectador impactante, sin pensar nada, tomó el estuche con el Stradivarius, se colocó un abrigo y fue camino hacía el bar. Al llegar, miró las mesas rápidamente, una sonrisa llamó su atención y confirmó el encuentro, se acercó lentamente, lo miró y se sentó junto a él.

Me llamo Takumi, y ella volvió a sonreír mientras miraba atentamente el violín que él llevaba. Poco a poco fueron armando una conversación con un lógico tema en común, la música y el amor a la misma. Se dejaron llevar, las horas pasaron rápidamente hasta que salió el sol y el encuentro comenzó su final. Takumi la acompañó a su casa, donde Hirokazu esperaba un poco preocupado, en la puerta se despidieron amablemente, él anotó su teléfono en un papel y se lo entregó con una mirada que insinuaba que algo quedaba pendiente.

Naomi se acostó en su cama, cansada intentó dormir con la luz que entraba por la ventana, pero ni la luz, ni esa extraña sensación que ahora sentía, permitieron que durmiera. Así que solo quedó recostada sobre su cama, pensando e imaginando.

Pasarían varias semanas antes de que ella lo llamara, pero no por desinterés sino por simple miedo, pero cuando la imagen del rostro de Takumi comenzaba a desvanecerse en su recuerdo, entendió que no lo quería olvidar, tomó el teléfono y lo llamo. Ella habló con él, y le invitó a ensayar en su estudio por la tarde, sin dudarlo aceptó y con letra palpitante escribió la dirección. Naomi fue al ensayo tres horas antes de la hora indicada, necesitaba preparar todo, quería que luciese bonito y perfumado. Prendió velas, barrió el polvo, practico un poco y miró por la ventana hasta que el llegó.

-         Hola, mi bella violinista. Saludó el.

-         ¡Qué suerte que viniste! Le dijo ella.

Con violín en mano cada uno, parados de frente uno del otro hicieron sonar sus arcos, ninguno de los dos antes habían tocado en compañía, y ahora a dúo lo sentían maravilloso, recorrieron partituras y siglos de música, recorrieron las cuerdas con suavidad, fueron supremos e impecables. Al terminar decidieron empezar a ensayar juntos, estaban a gusto con esta nueva combinación. Naomi le comunicó a su maestro que indignado le gritó; ella intentó explicarle pero para Hirokazu era una traición, con una forma de ser anticuada, no entendió, y colmado de rabia hecho a Naomi de su casa, y la insultó sin dolor.

Naomi lloró por días, y entre su estudio y un hotel, llevaba su vida como podía, jamás faltó a ningún ensayo, pero en ninguno de ellos le contó a Takumi por lo que le estaba pasando. Mientras ensayaban juntos conseguían la excelencia, y planeaban su futuro como músicos, y sin saberlo se enamoraban.

Una tarde de tormenta Naomi se sentía triste y buscando abrigo abrazó a su querido violín, de repente entró Takumi y la observó llorando, se acercó a ella y mientras la abrazaba le preguntó qué era lo que le sucedía. Naomi no le quería contar, pero tras ver las lágrimas que caían sobre las mejillas de Takumi decidió hablar y le contó todo con lujo de detalles. El sorprendido violinista, se sintió responsable, ella había perdido la única familia que tenía por él, así que tomó sus talentosas manos y con un “te amo” la llenó de besos. –“Tú nunca más estarás sola”, le dijo.

En los meses que siguieron planearon su concierto, un hogar y algún que otro detalle, con disciplina tocaron una y otra vez sus violines, grabaron un disco y partieron de gira por el mundo. Parecía que, el dolor, el amor, la necesidad y la sensibilidad por el arte de la música, sacaban de ellos lo mejor y aún más. Juntos, bien pegados, conocieron las más bellas ciudades, viajaron por el mundo, se amaron profundamente cada minuto. Jamás tuvieron hijos, aunque los querían tener, pero quizás por el escaso tiempo, o la herida que Naomi sentía por su abandono que nunca pudo sanar. Quién sabe cuál fue el motivo, a veces las cosas sucedes sin tener causa, pero no por eso son menos hermosas o mejores que otras.

Como una historia soñada supieron compartir la vida, ellos eran un par perfecto, dispuestos a la entrega total, un hombre y una mujer que por simple casualidad se miraron, se escucharon y se enamoraron.

Nunca se separaron, y año a año fueron envejeciendo juntos, respirando el mismo aire, despertaron cada mañana con un beso, y se durmieron cada noche con un abrazo.


En el presente les debo contar que lo que alguna vez empezó y creció, llegó a su final, Takumi murió hace un mes y yo no puedo vivir sin él, dejaré estas páginas junto a mi Stradivarius, estas con el breve cuento de nuestra historia, nuestras partituras y marcharé con él de gira, en donde quiera que esté.


Lo único que me queda por soñar en vida es, el deseo de que alguna vez dos jóvenes violinistas deseosos de amor, tomaran nuestra obra y juntos, otra vez, volvieran a hacer sonar mágicamente los corazones.

 

Manuela Fleitas

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Pequeña despedida

Por unos días no estaré, en realidad estaré pero off line… necesito pensar, renovarme. Además tengo en mente algunos proyectos a los que les debo un poco de mi energía para que puedan avanzar…
Los extrañaré muchísimo, pero cuando vuelva… ahhh me van a tener que aguantar!!!! Jeje.
Besitos y hasta pronto!

En primera persona

Recostada sobre mi cama derramé algo de mí en forma de lágrimas. Gotas de lágrimas que absorbía mi almohada. Lágrimas mezcla de todo y de tanto, lágrimas que no eran tristeza.
Sabía que algo había cambiado, pero dudaba si el motivo era eso que no debía buscar y sin querer había encontrado.
Viví sensaciones raras y nuevas, aunque nada a mi alrededor había cambiado, solo yo entendía lo que me pasaba; intenté explicar a varios, la claridad con que veía las cosas. Pero no conseguí hacerlo.
Tomé un lápiz y pensé una historia, pero no puede llevarla al papel, quedó dentro de mí, guardada en secreto para siempre.
Continué con el lápiz en la mano, y esta vez intenté escribir una frase, a lo que salió esto: “día a día crezco, e intento ser mejor persona. O intento solamente cambiar para no ser la misma persona. No me gusta lo monótono”.
No era para nada una asombrosa frase, no era una de esas que uno toma en cuenta para toda la vida, no era lo mejor que yo podía haber dicho o escrito. Simplemente era lo que sentía, y lo que esa noche te decidí contar. Sonreí al ver  que casi mareado por mis palabras me entendías, sonreí al ver tu sonrisa.
Dice una canción: “no se puede vivir del amor” y es cierto, pero también sé que no puedo vivir sin tu amor, y no necesito escribir una canción para que lo sepas.  Con solo besarte creo que lo sientes.
Hoy cambié un poco, como cambié ayer, no sé si soy mejor o peor, es que generalmente no sé nada… pero una certeza es que al mirarte a los ojos vuelvo a soñar.
Nací para estar contigo, y algo en mi morirá si tu no estas.


Manuela Fleitas

Ese verano en Pinamar


 

En la costa Argentina comenzaba lentamente a salir el sol, el amanecer traía con sí olas oceánicas con olor a vida, y una tras otra borraban las huellas que en la costa quedaban de la noche anterior.

Nadie recordaba exactamente el último verano tan caluroso como ese, y los más pesimistas predicaban el fin del mundo, aunque para otros el fin era la peor palabra utilizada, porque un verano así debía ser el comienzo de algo bueno.

 

Andrés había pasado todo el invierno planificando las vacaciones, desconcentrado de la rutina, esperaba el verano mientras trabajaba y estudiaba en una especie de hibernación mental. Así que ahora que estaba empezando a disfrutar de ellas, ningún calor lo limitaría, el verano era suyo y lo único que faltaba era la presencia de Sergio, su hermano de la vida.

Pinamar lucía bonita, más que nunca, un brillo especial caía sobre las personas. El mar bañaba el cansancio y la rutina. Andrés se había tirado en el pasto verde de la cabaña, con su radio a lado, cantando “No woman no cry” su piel tirante por el mar salado, sin pensar. De golpe sintió la voz de Andrés: -¡Hermano! Se abrazaron como si hubiese pasado mucho tiempo; Andrés dejo las cosas por ahí no más, se puso un short y guardó los zapatos en el bolso para que allí quedaran todo el verano.

Charlas de amistad, valores, ideas, sin prejuicios ni envidia. Ganas de comerse el mundo, de ser jóvenes eternamente, todo reflejado en sus rostros otorgando una luz diferente.

 

La primera noche salieron a bailar, conocieron mujeres, pero no querían compromisos, solo tímidos besos de verano. Fueron poco a poco haciendo lo clásico, esas cosas comunes de balneario; pero cuando llegaron al ritmo de los tambores prefirieron quedarse allí por el resto de la temporada.

 Andrés juraba que su corazón continuaba el fuerte sonido del tambor, y cuando más lo escuchaban los mejores sonidos creaba con sus ampolladas manos. Varios vecinos se quejaron, no entendían que la juventud pasaba y que ellos tenían planeado vivirla al máximo, así que sin dejar descansar a los más gastados, continuaron el ritual musical más puro que hay.

 

Una tarde calurosa, se acercó un grupo de muchachos, ellos traían colgados varios tambores, saludaron, y enseguida ofrecieron un mate, como si fuese una pipa de la paz; eran cinco uruguayos que por esas cosas de la vida habían viajado a vacacionar al país hermano. Con piano, chico y repique, sonaron su tradicional borocotó, candombe del sur de raíces africanas, y murga Argentina que llama a la vida, los dos sonidos juntos como si no existiesen las fronteras.

Los largos días de verano fueron testigos de las más sanas charlas, de la intriga por conocerse entre personas que tienen tanto en común pero a la vez mucho de diferente, hablar, cantar, hablar y olvidar las diferencias que los políticos subrayaban continuamente.

 

Ese verano pasó, con su calor, sus noches estrelladas, alegrías y sabores, fue uno como cualquier otro, lleno de historias de amistad, es que no sucedió nada nuevo.
Pero escuchando esta historia recordé algo maravilloso, que haciendo simplemente lo que nos gusta, siendo como somos, podemos esconder las banderas y recordar que para la amistad no existe fronteras, somos todos hermanos, y eso es maravilloso.


Foto: El Santo (
http://fotoelsanto.spaces.live.com)

Relato: Manuela Fleitas Safe Creative #0811111505311