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Ese verano en PinamarEn la costa Argentina comenzaba lentamente a salir el sol, el amanecer traía con sí olas oceánicas con olor a vida, y una tras otra borraban las huellas que en la costa quedaban de la noche anterior.
Nadie recordaba exactamente el último verano tan caluroso como ese, y los más pesimistas predicaban el fin del mundo, aunque para otros el fin era la peor palabra utilizada, porque un verano así debía ser el comienzo de algo bueno.
Andrés había pasado todo el invierno planificando las vacaciones, desconcentrado de la rutina, esperaba el verano mientras trabajaba y estudiaba en una especie de hibernación mental. Así que ahora que estaba empezando a disfrutar de ellas, ningún calor lo limitaría, el verano era suyo y lo único que faltaba era la presencia de Sergio, su hermano de la vida.
Pinamar lucía bonita, más que nunca, un brillo especial caía sobre las personas. El mar bañaba el cansancio y la rutina. Andrés se había tirado en el pasto verde de la cabaña, con su radio a lado, cantando “No woman no cry” su piel tirante por el mar salado, sin pensar. De golpe sintió la voz de Andrés: -¡Hermano! Se abrazaron como si hubiese pasado mucho tiempo; Andrés dejo las cosas por ahí no más, se puso un short y guardó los zapatos en el bolso para que allí quedaran todo el verano.
Charlas de amistad, valores, ideas, sin prejuicios ni envidia. Ganas de comerse el mundo, de ser jóvenes eternamente, todo reflejado en sus rostros otorgando una luz diferente.
La primera noche salieron a bailar, conocieron mujeres, pero no querían compromisos, solo tímidos besos de verano. Fueron poco a poco haciendo lo clásico, esas cosas comunes de balneario; pero cuando llegaron al ritmo de los tambores prefirieron quedarse allí por el resto de la temporada.
Andrés juraba que su corazón continuaba el fuerte sonido del tambor, y cuando más lo escuchaban los mejores sonidos creaba con sus ampolladas manos. Varios vecinos se quejaron, no entendían que la juventud pasaba y que ellos tenían planeado vivirla al máximo, así que sin dejar descansar a los más gastados, continuaron el ritual musical más puro que hay.
Una tarde calurosa, se acercó un grupo de muchachos, ellos traían colgados varios tambores, saludaron, y enseguida ofrecieron un mate, como si fuese una pipa de la paz; eran cinco uruguayos que por esas cosas de la vida habían viajado a vacacionar al país hermano. Con piano, chico y repique, sonaron su tradicional borocotó, candombe del sur de raíces africanas, y murga Argentina que llama a la vida, los dos sonidos juntos como si no existiesen las fronteras.
Los largos días de verano fueron testigos de las más sanas charlas, de la intriga por conocerse entre personas que tienen tanto en común pero a la vez mucho de diferente, hablar, cantar, hablar y olvidar las diferencias que los políticos subrayaban continuamente.
Ese verano pasó, con su calor, sus noches estrelladas, alegrías y sabores, fue uno como cualquier otro, lleno de historias de amistad, es que no sucedió nada nuevo. Foto: El Santo (http://fotoelsanto.spaces.live.com) Comments (21)
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