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Caminando por CorrientesLa sombras de los árboles oscurecían las veredas, el ambiente rodeado de un frio invierno, era casi media tarde y Cecilia salía de su trabajo caminando lentamente hacía su casa. Silbando una canción que había escuchado durante toda su jornada, daba pataditas a toda aquellas piedritas que se ponían delante de sus zapatos. El caminar junto al silbido formaban ritmos y aquellas piedritas parecían bailar. Mientras pensaba en asuntos del trabajo, planeaba lo que prepararía para cenar, sabía que al llegar a casa estaría cansada de tanto andar, pero ese camino que la regresaba al hogar le daba un respiro, una pausa para cambiar de su papel de profesora al papel de mamá. Cuando iba por la mitad del camino, sonó su teléfono celular; su hija la llamaba para decirle que se quedaría a dormir en la casa de su mejor amiga; Cecilia y su hija se tenían mucha confianza así que su pequeña no debió explicar nada más para obtener un sí y un llévate un abrigo y un pijama mira que está muy frio. Y ahora con el resto del día libre, se disponía a seguir su camino pero quizás ya no directo a casa. Mientras planeaba en llamar a alguna amiga, recordó que aún debía alimentar al gato, este no se prepararía la comida solo, y ya de paso se daría un baño y un cambio de look para luego salir a pasear. De camino, marcó el número de María, su amiga, y la invitó a pasear. María aceptó con entusiasmo y a las dos horas la pasó a buscar. Prácticamente habían salido todas las estrellas, y mientras se contaban decenas de cosas, fueron a parar al legendario Café Tortoni. En esa época aún emitía desde el sótano el gran Dolina su programa radial, y luego de deleitarse con una picada, partieron al sótano a pintar sus rostros con enormes sonrisas. Aquella noche poco a poco se iba volviendo inolvidable, dos amigas, que sin saber cómo, terminaron caminado por la calle Corrientes. Hablaron de todo, se contaron éxitos y fracasos, alegrías y dolores, sino recuerdo mal, a María se le escapó alguna lágrima y a Cecilia un gran abrazo. La madrugada las atrapó, y se dieron cuenta la gran necesidad que se tenían la una a la otra, amigas de toda la vida, que sin querer se habían adoptado como hermanas. El destino tenía esos recursos, juntas podían cambiar el mundo, sanar heridas, y no necesitar nada mas. La noche se esfumó fugazmente, y en los últimos abrazos una comentó: - Deberíamos hacerlo más seguido ¿Qué te parece? Y así fue que a pesar de la rutina, María y Cecilia una vez al mes se adueñaron de la noche, para solamente vivir aventuras y hablar de la vida. ¿A alguien le parece poco?
Este breve cuento está dedicado a Cecilia que disfruta de mis historias desde el otro lado del río: La vida se reinventa cada día Para los que no conocen el café Tortoni: http://www.cafetortoni.com.ar/ Comments (31)
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