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EL BOSQUE CHARLOTTE - CAPITULO 5Habían pasado casi un mes desde aquella tarde en la estación de tren, la aventura de reencontrarse evolucionó en forma de tortura, y con los rostros pálidos y demacrados por tanta oscuridad y angustia ya casi no dialogaban. Bruno continuaba enfermo tirado en la cama, la locura dominaba la razón. Comenzaban a no soportar el hambre, las tripas actuaban como el resto de cada una de las partes del cuerpo y por separado, como si se tratase de seres individuales, ya nada tenía algún tipo de lógica. Era todo puramente instinto. En uno de los cientos de intentos de escape, Javier comenzó a retirar un par de tablas del suelo, con una cuchara en mano planeaba cavar un pozo hacía afuera, quizás de esta manera al fin pudieran encontrar la libertad, pero renunció a la idea cuando encontró debajo de la madera un nido repleto de babosas grises. Su cara se transformó en alegría y exaltado llamó a Mauro y Martina que enseguida se dieron cuenta que lo que había encontrado allí era su próxima comida. –¿Quieres que comamos esto?– preguntó con asco Martina. Pero no era necesario responder a esa pregunta, ya que tampoco cabía lugar a la repulsión; estaban transitando por un delgado hilo entre la vida y la muerte, ya no se trataba de que alimento se comiera sino que simplemente había que comer. Sin dar mas vueltas alimentaron a su amigo enfermo, las pegajosas babosas se introdujeron en la boca afiebrada, y Bruno tan siquiera supo que comía, ni que sabor tenían. Luego Mauro las introdujo con rapidez y sin pensar, las masticó unas pocas veces y las tragó con naturalidad. Javier replicó la valentía de su amigo y trago junto a las babosas cualquier tabú existente. Sin embargo la única mujer del grupo no podía hacer frente a las circunstancias, intentaba ponerlas en su boca pero el rechazo era enorme, hacía arcadas y no podía; Javier la abrazó con fuerzas y le dijo: –tienes que hacerlo, no hay opción– y aunque ella tenía bien claro esto seguía sin poder hacerlo. Pasaron pocos minutos que parecieron eternos, Mauro tomó las babosas de Martina y las metió en su boca, los dos quedaron mirándolo sin poder reaccionar, pensaron que el comería el alimento para ella, pero Mauro solamente mostraba su valentía otra vez. Masticó las babosas y luego se las ofreció en un estado menos asqueroso, aunque parecía raro que un alimento masticado por otro fuera menos inmundo, pero en este caso lo había logrado. Martina tomo el puñado y lo tragó sin tener que masticarlo. Pasaron la siguiente semana buscando este tipo de alimentos y así no solo conseguían alimentarse, sino que también distraerse. Cada vez era mas fácil digerir este tipo de comida, y habían logrado bromear con ello. Pero los insectos comenzaban a escasear y la ansiedad de tener hambre era insoportable, sus estómagos ardían y comenzaban a sufrir de úlceras. Por momentos parecían masoquistas, pues se entretenían recordando deliciosos platos y comidas en común. Recordaban su vida anterior, que cada vez se sentía mas lejos; las palabras positivas no sonaban ya tan a menudo, y eran pocas las veces en que alguno intentaba salir de allí. A Javier se lo veía últimamente muy preocupado, mas de lo normal ya que algo hacía que no se pudiese concentrar en ningún diálogo, Mauro y Martina especulaban que podía ser por el estado de Bruno que ya llegaba al extremo. Se concentraron en observar todos sus movimientos con cuidado y detalle, tenían miedo de las acciones de este, estaban un tanto obsesivos y desconfiados. En una oportunidad que fue al baño decidieron hacer turnos para cuidar a Bruno de Javier, la extrañeza en las actitudes de este hacía que llegaran a este punto; pero equivocados estaban y se dieron cuenta el motivo de la preocupación, cuando Mauro decidió entrar al baño y lo sorprendió comiendo sus propias heces. Era impensable que algo los sorprendiera y horrorizara a esta altura luego de todo lo vivido, pero esta situación logró hacerlo, aquello no provocaba asco sino una gran sensación de humillación, bajeza y desesperación. No podían entender como Javier había llegado a este estado, y este salió del baño con su cabeza baja llorando, derramando lágrimas como no lo había hecho hasta ahora, sabiendo que lo que se había herido era la dignidad y que jamás lo verían igual sus amigos. Se sentaron los tres en la mesa, ninguno hablaba, no habían cartas, ni libros, solo miradas que castigaban el juicio de Javier y por mas que pensaron en decirle mil cosas, de ninguna boca salió nada. El condenado sabía lo que sus amigos pensaban, pero no se defendió, guardó silencio y esperó que fueran ellos los que hablaran. Permanecieron por tres horas allí inmóviles, preguntándose, respondiéndose, solucionando y aceptando todo sin hablar, cada uno en secreto con sus convicciones e ideales. La única mujer del lugar, que se caracterizaba por su delicadeza y suavidad, tiró con furia la silla contra la pared. Comenzó a romper todo lo que había en su camino, descargó toda su ira y violencia con lo que la rodeaba; ninguno de sus dos amigos la intentó detener y ni siquiera le preguntaron algo. Pero Martina ya no guardaría mas silencio, y luego de de desahogar su rabia, se sentó nuevamente, miró fijo los ojos de sus compañeros y dijo: –no nos queda otra elección que comer el cuerpo de Julia, sino moriremos pronto de hambre. Lamento ser yo quien lo tenga que decir, pero así están dadas las cosas.– El silencio volvió a ganar terreno y pese a lo duro de sus palabras de inmediato exigió que cada uno hablara al respecto. Mauro expresó que ya lo había pensado varias veces, y que antes quería pasar por el punto mas extremo, creía en la posibilidad de salir de allí sin llegar a eso, pero entendía que el momento había llegado y el resto parecía una absurda ilusión. Pero al contrario Javier se negaba absolutamente, y no podía creer lo que decían sus amigos. Se retiró de la mesa sin dar crédito a lo oído, se acostó junto a Bruno y simplemente se durmió mientras lo abrazaba. Aparentemente no se hablaría mas sobre alimentarse con el cadáver, pero eso no significaba que dejaran de pensarlo, así que a la mañana Javier utilizó los restos de la silla destrozada y muy decidido comenzó a hacer en los extremos de los palos, unas puntas para escarbar la tierra que se encontraba debajo de las tablas del piso. Planeaba si o si cavar un pozo y escapar de allí. Pasó un día y medio sin parar, los demás solo lo miraban asombrados, parecía producto de la ilusión la fuerza que sacaba de su interior para escarbar. Pero pronto todo el entusiasmo sucumbiría, al llegar a un metro de profundidad, pues una plataforma de acero interrumpió su camino.
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