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EL BOSQUE CHARLOTTE - CAPITULO 2.Con cinco viejos caballos y una gran tormenta que se aproximaba llegaron justo para la hora del desayuno, aunque este se postergó juntándose con el almuerzo. La cabaña del Bosque Charlotte estaba completamente sucia, llena de insectos y telas de arañas, dándole un aspecto tenebroso, parecía que nadie mas había estado allí, excepto por la cantidad de objetos olvidados por los cazadores que hacían base en el lugar y entre ellos la gran cantidad de sacos de sal que utilizaban para conservar a sus presas; pese a eso, aún resonaban las risas de los cinco que se mezclaban con el chillido de las cerraduras oxidadas, aún se podía sentir un poco de aroma a joven entre tanto olor a viejo. La tormenta los alcanzó, y la lluvia apenas les permitió juntar leña para poner en marcha la antigua cocina de hierro, la tarde era ideal porque tenían la mejor excusa para conversar y jugar a las cartas. Julia preparó sus deliciosos buñuelos de lechuga y bocaditos con jamón; los ingredientes habían viajado en tren varias horas junto a ellos, y era parte de lo folclórico del lugar pues allí había que ingeniarse para sobrevivir, de alguna manera se aplicaban todos los conocimientos natos que tiene el ser humano para perdurar; las habilidades y enseñanzas que heredamos de toda la evolución humana junto a nuestro genoma; y quizás de lo mas importante, el trabajo en equipo. Así que tenían algunos comestibles pero no tantos, básicamente había que subsistir. La lluvia duro cinco días, a pesar que era época de sequia, el sotobosque se había vuelto muy espeso y húmedo, y por el desorden de las ramas de los árboles apenas se lograban colar unos pequeños rayitos de sol. Javier como siempre tomó la iniciativa, propuso salir en busca de ingredientes o cualquier cosa que se pudiera cocinar, los dividió según la misión; él saldría con Julia en busca de alimentos, Mauro iría quejándose a recoger agua del río para beber y bañarse. Bruno traería mas leña y Martina se quedaría sola limpiando aquello que llamaban cabaña. A mediodía llegaron Javier y Julia, bastante frustrados por no haber conseguido demasiado para cocinar, tan solo unas gallinas silvestres y algunos guisantes agrestes. Mauro al contrario trajo bastante agua, con tal de no tener que volver a salir. Martina que era un poco obsesiva con la limpieza, había cambiado el lugar, y advertía continuamente sobre el no desordenar, ya que claramente se la veía cansada. Bruno no llegaba aún, y pasadas un par de horas, todos se comenzaban a preocupar. La oscuridad del bosque no sabía de horas y por ello aunque parecía ser de tarde se veía casi lo mismo que en la noche; Bruno en el grupo era el mas callado, siempre volando en su mundo interno tenía la capacidad de abstraerse por momentos de todo el resto, muchas veces le hablaban y él distraído no contestaba, era el típico “divagante” por eso no parecía demasiado extraño que tardase en llegar, pero aún así, salieron todos en su búsqueda. Tardaron casi cuatro horas en hallarlo, ya los nervios había llegado al extremo, y a dos quilómetros lo encontraron tirado entre los matorrales, desmayado e inconsciente. Parecía que se había golpeado con una rama que yacía junto a él, sus amigos investigaban si había caído del árbol que estaba allí, para conocer el grado del golpe, pero el árbol que acompañaba no era de la misma especie, así que sin saber la gravedad lo cargaron en brazos turnándose hasta al fin llegar. Bruno tenía una fea contusión en la nuca, y grandes derrames sanguíneos en sus córneas, sus amigos lo recostaron sobre la cama con cuidado, colocaron su cuerpo en posición horizontal y trataron de despertarlo mojándole el rostro con agua fría. La noche fue muy tensa ya que no podían salir en busca de ayuda por lo inaccesible del bosque y porque aquel amigo paso toda la noche sin abrir los ojos. Al despertar el sol, despertó también Bruno, que no recordaba absolutamente nada de lo que había pasado el día anterior, tan solo sentía dolor de cabeza y una extraña sensación a miedo. Parecía encontrarse bien, pero Mauro insistía con que tenían que volver, que las cosas no parecían fluir naturalmente, decía continuamente: –desde que hemos llegado todo va de mal en peor–. Pero el resto, incluido el accidentado, insistían en quedarse. No predominaba para nada el sentido común. Ahora con las emociones al máximo comenzaban a notarse las sensibilidades; a Martina le tocaba cocinar las gallinas, pero se negaba a matarlas y desplumarlas, Javier que no dudó en manifestar que lo haría y tomar un hacha, se encontró con el llanto de Julia que decía –¡Eres una bestia, no puedes hacerles tal crueldad!– Y así con mucha hambre y nervios comenzaban a perder el equilibrio, ya no lucían tanto como un equipo, parecía que con las dificultades las cosas no andaban tan bien. Así que todos enojados entre sí, almorzaron y luego durmieron la siesta; la noche anterior había sido muy larga. La siesta perduró mas tiempo del planeado, el único que cuidó su sueño fue Bruno, que sabía que luego de aquel misterioso golpe no era muy recomendable dormir muchas horas de corrido, así que colocaba el despertador cada quince minutos, nadie notaba el sonido del mismo y parecía que tampoco notaban alguna otra cosa, porque en unas de sus interrupciones del descanso, Bruno notó que faltaba Julia. Despertó rápidamente a todos, y salieron en su búsqueda; la tormenta se había adueñado nuevamente del bosque y por mas que especulaban con el enojo de Julia acerca de cómo matar las gallinas, en el fondo sabían que algo extraño pasaba. Volvieron a la madrugada sin haber encontrado a Julia, todos juntos abrazados y llorando, las cosas andaban mal, y por mas que ahora si pensaban en salir en busca de ayuda, tenían miedo de separase y no querían dejarla sola en aquel horrible bosque. Pues al final decidieron esperar que cesara un poco la lluvia y salir nuevamente con esperanzas de encontrarla. –Mañana seguro la encontraremos– esta vez, mas optimista dijo Mauro. A primera hora salieron nuevamente, recorrieron todos los rincones, cada segundo que pasaban sin encontrarla aceleraba sus latidos un poco mas, agitados, desconcertados, buscaban hasta por debajo de las rocas, habían solo dejado un lugar para el final, quizás porque inconscientemente sus amigos sabían que era el último lugar donde la querían buscar, pero no les quedó otra opción que ir al río. El río luego de varios días, al fin estaba calmo; cantaban los insectos en él mil melodías, los árboles provocaban un eco infinito y tenebroso, nada parecía normal, y el aire traía continuamente esa sensación. Los amigos tienen esa unión y capacidad de saber cuando algo no anda para nada bien. Así que cuando la vieron muerta al borde del río ya nada se podía explicar. Commenti (19)Per aggiungere un commento, accedi con il tuo Windows Live ID (se utilizzi Hotmail, Messenger o Xbox LIVE possiedi già un Windows Live ID). Accedi Non hai ancora un Windows Live ID? Registrati
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